junio 22, 2024

Los olvidados de Centroamérica

Los olvidados de Centroamérica

De no ser por esas perturbadoras imágenes de presos pandilleros en el penal de seguridad levantado por el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, difícilmente le hubiéramos prestado atención a lo que sucede en ese país. O en otros de la zona. Porque el fenómeno de las pandillas trasciende el pequeño Estado, se expande por toda la región, una parte del mundo marcada por la miseria y los gobiernos autoritarios, donde la violencia de los pandilleros encuentra su reflejo en la de sus propias instituciones. Quedó en nuestras retinas aquella fotografía de filas de presos acurrucados, arrodillados, uniformados, con el pecho desnudo cubierto de tatuajes hasta la cabeza, indistinguibles unos de otros y rodeados de guardias armados. Parecía más una película distópica que la expresión de la realidad. Lo más probable es que a la preocupación que nos ha causado le siga la indiferencia, nuestra atención se dirigirá inmediatamente a otra cosa.

Realmente poco sabemos de lo que sucede en esa parte del mundo, donde sólo Costa Rica parece ser un país sin contradicciones graves, admirable por la calidad de su democracia. Recibimos noticias de la dictadura de Daniel Ortega en Nicaragua, el exrevolucionario devenido sátrapa, principalmente por su firme alineamiento con Putin y su persecución y expulsión de la oposición. O las de tantas oleadas de decenas de miles de personas que huyen caminando hacia el norte para salir de la miseria y encontrar un futuro. La mayoría de las veces son interceptados en el mismo México o chocan en la frontera de Río Grande. Mucho más nos preocupa, aunque sólo sea por proximidad geográfica, lo que ocurre con los de los subsaharianos. Es uno de los muchos mundos que están en el mismo mundo y para el que no tenemos ojos. Carecen de valor estratégico, se pierden entre dos océanos en lo que parece una línea de tierra irrisoria que conecta las dos Américas.

Sin embargo, lo más impactante es la violencia. Y lo más perturbador. En su presencia es inevitable plantear la pregunta de por qué. ¿Por qué el salto de la paz social a la violencia? ¿Cómo es posible que tantos jóvenes solo encuentren sentido a sus vidas uniéndose a pandillas hermanadas por rituales sangrientos y dispuestas a superar el tabú de la muerte? O la reacción hiperbólica de la represión de Bukele, caricatura de la máxima hobbesiana de poner el monopolio de la violencia en manos del Estado. Un Estado, además, carente de las mínimas garantías y sujeto a la mafia corrupta de su presidente. Violencia desde abajo y desde arriba. Y un pueblo unido en su desesperanza. Pero no menos inquietante es nuestra propia indiferencia. Nuestro escándalo dura lo que tardamos en cambiar de pantalla, siempre tan satisfechos de vivir en sociedades ordenadas. Lo que dijo Elías Canetti: “El horror ante la vista de la muerte se disuelve en la satisfacción de no ser el muerto”.

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