junio 18, 2024

Raúl Padilla: Un llano sin llamas |  Opinión

Raúl Padilla: Un llano sin llamas | Opinión

Era un terreno arrasado que se pobló -temporalmente- con tiendas de campaña de frágil plástico o lona lavada. No sé si estoy evocando la primera edición oficial de lo que ahora llamamos FIL Guadalajara o un intento anterior, pero llegué chocando hace 36 o 37 años del brazo de mi Maestro. Luis González y González con la ilusión de conocer en persona y en prosa a Juan José Arreola, y creo que pensaron en montar una tertulia con Alí Chumacero y José Luis Martínez (quien, unos años después, sería también mi Mtro.). Entre Martínez y González, dirigieron mi tesis de licenciatura y doctoral (sin aprobarla), pero sobre todo me indicaron el camino luminoso de proponernos vernos todos los años en Guadalajara y convertir la naciente feria en el pretexto para hilar libro tras libro. Por cierto, las firmas de todos los autores que se dejaron acosar por un autógrafo.

El tiempo me permitió presentar aquí bastantes libros extranjeros y un puñado de mis propios libros; no pocas firmas de autores inmortales y escritores intemporales; muchos, muchos momentos de pura gloria… y todo empezó aquella tarde en que llegué en coche de D. Luis desde un pueblo en vilo para refrescarme la garganta al borde de la carpa de lo que llamaron desde entonces Feria Internacional del Libro de Guadalajara . Ni que decir tiene -no sin vergüenza- que me acomodé en el borde de la mesa donde servían ron blanco en vasos de plástico y que el elixir brotaba de lo que llamaban “pata de elefante”. Un hombre con corbata se acercó para comprobar lo loco que estaba en esa fiesta y tal vez limitar el consumo del brebaje; de paso me preguntó qué le parecía la puesta en escena y le confesé que no le veía futuro…

El de la corbata era Raúl Padilla, a la sazón rector o al menos director y faro de aquella Feria Internacional del Libro que año tras año desde aquella remota tarde sobre un piso de tierra fue creciendo hasta convertirse en la FIL del Mundo con Eñe, la más grande e importante de editores, editoriales, diseñadores, traductores, distribuidores, autores, poetas, lectores y todas las hojas de cada otoño que van cayendo como celebración del país invitado y su respectiva literatura o de los autores que suelen ganar premios antes de Navidad.

Casi cuatro décadas son como las llamas de una amistad que siempre tuvo hospitalidad y palabras de aliento o cariño para mí y lo que trato de escribir. En medio de constantes ataques y conflictos, el controvertido y apasionado empresario cultural, Raúl Padilla siguió siendo un activo lector y activista, capaz de tejer cuentas lucrativas en proyectos que se tejían como una cadena verbal y extendían así la frondosa celebración de la FIL a la ciudad de Los Ángeles en California y muchos otros no pocos proyectos que levantaron la taquicardia cultural no solo en Guadalajara, Jalisco y México, sino en todo el mundo que habla o traduce español. El agradecimiento que siempre traté de demostrarle no cabe en párrafos ni calma la tristeza y cierto coraje de no poder hacerlo en este momento. Ahora que se ha ido.

Lo que uno deja como herencia es un llano sin llamas en cuanto se apagan las diatribas y las monedas de diez centavos. El viento constante sopla casi en silencio, peinando el polvo de los recuerdos, el talco de tantos triunfos y la hierba con pétalos de todos los grandes libros y escritores, ese poeta y la mujer que acaba de publicar su primera novela… todas las llamas y llamaradas ya invisibles en la memoria donde parece que cae la tarde al borde de una endeble carpa donde han alineado mesas que se estiran por años con todos los libros posibles y el atardecer debe convertirse en pretexto para heredar lo que dejó Raúl Padilla, lo que el equipo magistral colección de personas que hacen florecer la FIL año tras año, lo lleva a cabo con ejemplar esfuerzo y eficacia… lo que llama año tras año a miles de lectores que vienen de tantos paisajes a repoblar lo que antes era plano y encender con la llama maravillosa de la lectura, de la Literatura con mayúscula. En el transcurso de las generaciones, la tienda se hizo de nubes, de mesas infinitas y de la sombra que ahora se desvanece, no más que una figura luminosa y sonriente que lleva un libro abierto en la mano.